Emergencia en el manso

Por Astrid Torres1 y Ana María Crespo2


Foto Tito Hidalgo

No recuerdo el día exacto en que perdí la esperanza, y la desolación invadía mi cuerpo. Abría los ojos, respiraba el encierro, escuchaba promesas falsas del gobierno mientras mis amigas y amigos enfermaban. Voces saliendo desde dispositivos me acompañaron todo el encierro, voces que escaparon del cerco mediático a través de las redes sociales, y denunciaban el abandono, voces que deambulaban entre cuerpos en las calles. El miedo me abrazaba. 

Una tarde, mi amigo Daniel me llamó para decirme que tenía síntomas, pero que  seguro solo era asma. Esto será recordado como Las cruces sobre el agua me dijo, nuestros cuerpos pudriéndose inspirarán resistencia, o quizás un spot del municipio nos convenza de que esto ha sido un sueño y debemos celebrar a Guayaquil independiente y el nuevo año. 

Leo a Gallegos Lara y encuentro  en su novela una frase que  habla de forma premonitoria sobre la ciudad en estos días de cuarentena: “Días largos, los cadáveres zumbantes de moscas se pudrían bajo soles malditos, en las calles abandonadas”. Esta vez, el enemigo ha sido invisible y los cuerpos de los fallecidos estuvieron a punto de correr la misma suerte que los cientos de obreros asesinados ese 15 de noviembre de 1922. El manso Guayas borró con sus aguas las huellas de la masacre. Pero para una ciudad que ha estado siempre asolada por las plagas, los incendios y la violencia de las autoridades de turno, en pleno siglo XXI, recurrir a una fosa común era volver a los tiempos de oscuridad.  O al menos, nosotras nos creímos el cuento de que esos tiempos eran pasados, mas los cadáveres sobre las veredas con carteles que decían: “Hemos llamado al 911 y no hay ayuda”, los cadáveres desaparecidos y los ataúdes de cartón son una muestra del desamparo de esos días que aún vive en mí, en nosotras.

No tenemos un Guayaquil independiente, sino una ciudad cooptada por las élites, la historia de la miseria. Una ciudad de las desigualdades donde la justicia social ha sido secuestrada desde 1984 cuando, el populista conservador, Abdalá Bucaram Ortiz fue designado como alcalde. El 10 de agosto de 1992, el socialcristiano León Febres-Cordero asume la alcaldía de la urbe, veinte y ocho años de “un modelo exitoso” que solo ha acentuado la lógica de los centros y periferias. Más allá de este modelo está el olvido.  En estas casi tres décadas de gobierno socialcristiano se ha pretendido implementar una estética del consumo, grandes negocios intentan arrebatarnos nuestra identidad, y ocultar la falta de servicios básicos en los barrios periféricos. Guayaquil es una ciudad del control, un panóptico, así nos sentimos luego de saber que cámaras de videovigilancia siguen nuestros pasos y voces desde altoparlantes nos recuerdan que debemos usar mascarillas en la calle y mantener la distancia. El gran hermano está aquí y observa pasivo la violencia impuesta por años. Pero nos repiten: tranquilas, la falta de empleo se soluciona con un ejército de municipales y toletes.  

Cuerpos cayendo, el hambre invadiendo las casas, conglomerados de personas luchando por una mascarilla, la sordidez de las calles se exacerbó.  El apocalipsis del COVID-19  mostró al Guayaquil que lleva décadas sin oxígeno por la pandemia neoliberal. El discurso oficial  glorifica la miseria con monumentos. La alcaldesa  no representa a las mujeres, ni a nadie, como la escultura de “Raíces de luz eterna”, una apología de la devastación. 

Habitar el Guayaquil pandémico es una  sentencia sin juicio. En esta historia sobre el supuesto progreso, la gente pobre solo puede reunirse en metrovías hacinadas porque el manso tiene aerovías que salen en revistas, pero no un servicio digno de transporte. Nos quitaron el miedo, nos aventaron a la muerte, nos dijeron que todo estaría bien, pero algo ya estaba inerte en nuestros cuerpos desde hace años y nos hace inmunes al silencio.

Sentí asco cuando escuchaba a Nebot, mi ceño se contrajo y mi mirada estaba fija en la pantalla.  En ese instante mi sobrina pequeña me preguntó el porqué de mi malestar. ¿Cómo explicarle? Que las propagandas gubernamentales nos repetían a diario: “Quédate en casa”, pero cómo podemos guardar la calma cuando un 23, 4 % de la población no cuenta con un empleo formal y debe hacer malabares para comer. Y qué decir de aquel 6,6 % en el desempleo, ¿cómo se hace para no sucumbir ante la desesperación? El “Quédate en casa” fue para los más vulnerables una forma de exterminio silencioso, cómo se puede disfrutar ese tiempo en familia, en una casa diminuta sin servicios básicos, sin alimentos y sin medicinas. 

Que la cuarentena ha sido también un escenario que incrementó la carga de trabajos del cuidado sobre las mujeres y ha sabido ocultar las agresiones contra nuestros cuerpos: las denuncias de violencia tuvieron un pico, los feminicidios y transfeminicidios continúan siendo perpetrados, 101 mujeres han sido asesinadas en el Ecuador en el tiempo de pandemia. Nuestros derechos sexuales y reproductivos también fueron puestos en cuarentena.

Cómo decirle que la imposibilidad de obtener ayuda en los hospitales públicos colapsados significó para las y los guayaquileños sin recursos económicos, aguardar la muerte en casa. Pero la muerte tampoco acabó con esta tragedia, los cuerpos empezaron a aparecer en las calles y su espera por una sepultura digna se dilató días. Y a pesar de todo, ese también resultó ser un final afortunado para muchas familias porque también pudieron ser de los casos que aún no hallan el cuerpo de sus familiares para darles el descanso eterno. 

Que si el Estado no nos cuida, debemos cuidarnos nosotras, nosotros y nosotres, por eso en medio del caos hemos encontrado la forma de sostenernos en comunidad. Ni el plan de aniquilación del espacio público, ni todo el daño provocado al tejido social han logrado romper los lazos de solidaridad que han salvado a muchas familias del hambre  y del dolor de saberse abandonados por el sistema.  Solo la prensa y su discurso protector de las élites es la única en creer la historia de Guayaquil como un modelo de lucha contra el virus. 

Guardé silencio.

A mi sobrina le respondí que no hay nada que celebrar, debemos preservar  una memoria colectiva, por nuestras familias, por la tía fallecida de su amiga.

A mí me dije: nos dejaron solas y eso no lo podemos olvidar. El COVID-19  no distinguía entre pobres o ricos, pero el acceso a una cama y espacios seguros sí era/es un privilegio de clase. En medio la crisis por el mal manejo de recursos, están destruyendo la educación superior con recortes que nos desestabilizan y precarizan, más de 70 días tuvieron que esperar docentes y administrativos de la UArtes para recibir sus sueldos. Mientras tanto, declaran adoctrinado a nuestro arte y nosotros continuamos luchando por la autonomía. (Las élites de Guayaquil le temen al arte porque hace temblar al tirano, las artes son memoria.)

Octubre llegó, los discursos evidenciaron que la alcaldía sigue respondiendo a Nebot, el patriarca salvador. Hablar de federalismo y justicia social desde una  figura que ha consolidado las brechas de desigualdad no es solo contradictorio, sino burlesco. Si Ecuador Federal será como Guayaquil libre e independiente, entonces seremos el país de los spots publicitarios, de las grandes ruedas moscovitas y de Safari Parks, donde los grupos históricamente vulnerados se pierdan entre motivantes videos, entre “Lo mejor de Guayaquil eres tú”. Seremos un lugar en el cual se institucionaliza el arte en grandes centros de consumo, donde la violencia es bienvenida, y la muerte indigna  se justifica  con nuevos nacimientos para producir el capital.  Pero claro que octubre vive, vive, por el paro nacional del 2019.

Mientras mi sobrina se va,  la ventana de mi casa enmarca los techos de zinc del barrio con casas viejas, el sol arde, el manso también arde de rabia e indignación. ¿Qué nos queda para enfrentar esta nueva normalidad?   Los recuerdos que habitan los cuerpos y hacen un llamado a la acción desde distintas trincheras. Soy una artista, mi cuerpo tambalea y me atrevo a decir que nos queda la resistencia, nuestra memoria vive y debe vivir en cada texto, podcast y expresión artística para dar cuenta de esas otras voces. El relato no oficial debe transfigurar la falsa normalidad edulcorada con espectáculos tecnológicos del Guayaquil del progreso que no mira hacia un porvenir juntas, juntos, juntes. El fuego de fin de año será el espacio para recordar que deberemos enfrentar el 2021 como uno de los años más complejos y decisivos para el país, un año de resistencia, de cuidados, reflexiones y acciones.


1Astrid Coraima Torres Bermúdez 

Guayaquileña. Estudiante de la carrera de Cine de la Universidad de las Artes. Comunicadora social, feminista y militante de izquierda. Experiencia en incidencia política en favor de los Derechos Sexuales y Reproductivos, comunicación con enfoque de paz, edu-comunicación y producción multimedia de narrativas para una sociedad pacífica y libre de violencia. Miembro de la Colectiva Mujeres en Acción- CAM y de La Causa. Co-fundadora de Jóvenes Iberoamericanos y actual coordinadora del colectivo comunicacional Efecto Latam. Desde la comunicación y el cine sus líneas de investigación son la desigualdad, la memoria, la violencia simbólica, las representaciones de la mujer en la imagen y capitalismo informacional.

2Ana María Crespo 

Guayaquileña. Estudiante de la Escuela de Literatura. Miembro del colectivo literario Merries. Ha sido publicada en la antología de cuentos Tela de araña (2017) y Viñetas portuarias (2019) antología de haikus. Editora en Preliminar, cuadernos de trabajo del ILIA.

 

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